Lo
humano y lo divino corresponden a esferas diferentes; se relacionan y comunican,
pero son ámbitos de poder distintos. Podemos crearnos sufrimientos inútiles
cuando confundimos nuestro nivel de influencia en alguna de ellas. Solo Dios
puede controlar a Satanás: cuando inició una rebelión en el cielo en su contra,
le dio tiempo suficiente para cambiar de idea y cuando no lo hizo, lo expulsó del
cielo a la tierra (Isaías 15:12-15) y finalmente será derrotado por Cristo.
Ningún ser humano podría haberlo hecho. Si nos sometemos a Dios resistiremos
por el poder de su Espíritu Santo las tentaciones que el diablo nos proponga
(Santiago 4:7), pero nunca lo lograremos por nuestras propias fuerzas. Si
pretendemos negociar con Satanás, terminaremos mal; nos ganará y nos cambiará a
su imagen. Lo mismo puede ocurrir cuando intentamos luchar con algunos
sufrimientos; no podremos doblegarlos. Esa es una obra para Dios. Solo con su
poder, podremos derrotar a esos gigantes de la vida como David lo hizo con
Goliat, reconociendo que “la batalla es del Señor” (1 Samuel 17:45-47). Otra
pretensión inútil es la de doblegar a Dios. Desde Adán y Eva, el ser humano lo
pretende. Fuimos creados a su imagen y semejanza (Génesis 1:26), pero
intentamos someterlo a nuestra imagen cuando pecamos, pensando que nos
podríamos ocultar de su presencia o esquivar nuestras responsabilidades como
hacemos con otras personas. Cuando intentamos suplantar a Dios, haciéndolo a
nuestra imagen y semejanza, dejamos de ser sus criaturas para transformarnos en
sus caricaturas. Muchos han construido imágenes de dioses falsos para engañar a
otros o a sí mismos. Sin llegar a ese extremo, el cristiano moderno también
pretende doblegar a Dios cuando no acepta sus planes para su vida y pretende
imponer los propios. ¿Hay algo más inútil que pretender suplantar a Dios?: “Vana es la
pretensión de llegar a someterlo; basta con verlo para desmayarse. No hay quien
se atreva siquiera a provocarlo; ¿quién, pues, podría hacerle frente?” (Job 41:9, 10 NVI).
Quien está en buenas relaciones con Dios, no buscará jamás suplantarlo o hacerle cambiar de opinión. Sabe que es imposible. Pero cuando el sufrimiento toca a la puerta (si esto no está claro antes), puede ocasionarnos serios problemas extras, porque nos trastorna a tal punto, que pensamos que nuestra salida es ocurrente, que nuestro plan es mejor, que Dios está obligado a ayudarnos, o que nos puede fallar sin nuestra supervisión. El sufrimiento nos desespera y esto favorece la deformación de nuestras ideas y relaciones; incluso la de Dios. Al final de su libro, Dios le explica a Job su poder sobre todo lo existente con una metáfora sobre bestias poderosas e indomables que no pueden ser sometidas al control humano. Concluye en que “es inútil tratar de capturarlo; el cazador que lo intente será derribado” (Job 41:9 NTV); cualquier “esperanza de él será burlada porque aún a su sola vista se desmayarán” (RVR). Si no podemos controlar a un animal que Dios creó ni nos atreveríamos a enfrentarlo, ¿cómo pretenderemos controlar a su creador? Nadie puede dominar a Dios. El conoce todo y controla todo. El cosmos, la tierra, su naturaleza, los seres humanos y los animales, todos estamos bajo su poder. Se ocupa de nosotros con sabiduría y con justicia. Debemos recordar nuestra pequeñez y al mismo tiempo, su grandeza. Rendirnos a él, será nuestro mejor triunfo.
Angel Magnífico

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