¿QUÉ HACER CUANDO NOS SENTIMOS FUERTES?
Roboán
o Roboam, según la traducción, hijo de Salomón, comenzó a reinar como 1° rey
del sur, es decir, de Judá (931-914 a.C.), luego de la división del antiguo
reino de Israel, que quedó confinado al norte y a cargo de Jeroboam. Al
principio, trató de mostrarse más duro que su padre ante un reclamo del pueblo
por sus impuestos. Dios le mandó al profeta Semeyas o Semaías para evitar que profundice
la división entre los reinos y obedeció. Sin embargo, “cuando Roboán se sintió fuerte y consolidado en el trono, abandonó la
ley del Señor, y todo el pueblo hizo lo mismo… su
conducta fue reprobable, pues no se esforzó en buscar al Señor”
(2 Crónicas 12:1, 14 BDA). A tal punto hizo lo malo que permitió la construcción
de altares de adoración pagana, la práctica de ritos inmorales y adoró a dioses
extranjeros como Asera y con su ejemplo, no sólo él sino toda Judá, volvió a la
idolatría (1 Reyes 14:22-24). ¿Qué nos pasa cuando nos sentimos seguros o
fuertes?
En
el contexto vemos que durante los primeros 3 años, imitó el ejemplo de David y
Salomón (2 Crónicas 2:17) y disfrutó de las bendiciones y cuidados de Dios,
tanto él como su pueblo de Judá. Cuando logró establecerse y se sintió
seguro, se alejó de Dios y de su adoración; confió más en sí mismo que en Dios.
Desconectado de la fuente de vida que es Dios, comenzó a sentir la influencia
de los enemigos vecinos. Muchos creyentes actuales caen en el mismo proceso:
cuando se establecen, logran seguridad y tranquilidad, gozan de autoridad y
cierto bienestar; en lugar de mantenerse unidos a Dios, proveedor natural de
esas bendiciones, comienzan a engañarse, creyendo que les son propias y
merecidas, y se alejan de Dios. Mirarnos solo a nosotros mismos, nos hace
perder la perspectiva. Podemos flaquear frente a las pruebas, problemas o
sufrimientos que esto ocasiona. En cambio, si miramos a Dios, su presencia nos
orienta. Dios le dice claramente a Roboán: “ustedes me han abandonado a mí y yo
ahora los abandono a ustedes” (v. 5). El faraón egipcio, Sesac o Sisac, avanzó
sobre Judá con un poderoso ejército de 1200 carros de guerra, 70 mil caballos y
miles de hombres de diferentes pueblos. Y tanto el rey, como los demás jefes
que los acompañaban y el pueblo, se humillaron ante Dios y reconocieron sus
errores. Entonces Dios le dijo: “se han humillado; no los destruiré, sino que
pronto los libraré y no descargaré mi furor contra Jerusalén, valiéndome de
Sesac. Sin embargo, le estarán sometidos por algún tiempo, hasta que
experimenten la diferencia que hay entre servirme a mi y servir a los reyes de
otras naciones” (v. 7 y 8). A nadie le gusta ser traicionado, menos a Dios que
lo ha dado todo por nosotros. Dios retiró su mano protectora y sus
bendiciones sobre el rey y su pueblo, debido a su traición. Era la única
forma que vieran su maldad y sus alcances. Cuando tomaron conciencia y se
arrepintieron, Dios los perdonó con el mismo amor con el que antes los cuidó.
Dios siempre provee una salida, nunca nos deja librados al azar ni al pecado. Si
acudimos a él, podremos encontrar una salida apropiada: “Ustedes no han sufrido
ninguna tentación que no sea común al género humano. Pero Dios es fiel, y no
permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que puedan aguantar. Más
bien, cuando llegue la tentación, él les dará también una salida a fin de que puedan
resistir” (1 Corintios 10:13 NVI).
Angel Magnífico

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