¿SUFRIREMOS COMO EXTRANJEROS Y PEREGRINOS?


 

La Biblia relata varios peregrinajes importantes: el de Abrahám, saliendo de Ur con toda su familia hacia la Tierra Prometida; el de Lot, escapando de la destrucción de Sodoma y Gomorra; el de Noé, vía marítima hacia una nueva oportunidad que Dios le daría al ser humano; el del pueblo de Israel, hacia Egipto primero y de vuelta a su tierra y luego de muchos años, desde Israel hacia Babilonia y más adelante, desde allí de regreso hacia Jerusalén; el de Jonás hacia Nínive, después  de fugarse a Tarsis; el de Cristo bebé, huyendo de sus padres hacia Egipto y volviendo a Belén; Cristo de adulto, ayunando en el desierto como preparación para salvar  a Jerusalén, a Israel y al mundo entero con su predicación como al Mesías esperado; el de su pueblo escogido, preparándose a lo largo de la historia para la Canaán celestial y el de muchos otros viajeros. “Todos ellos vivieron por la fe, y murieron sin haber recibido las cosas prometidas; más bien, las reconocieron a lo lejos, y confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra” (Hebreos 11:13).  Se llama peregrino al viajero que anda por tierras extrañas, generalmente visitando lugares de importancia religiosa por voto (elección) o en cumplimiento de una promesa o por devoción religiosa hacia personas o lugares especiales. Ese viaje se llama peregrinaje. Todo peregrinaje tiene dos partes: una mirada hacia atrás, al pasado y a lo conocido; y una mirada hacia adelante, al futuro y a lo desconocido. Ambas partes son difíciles y necesarias y pueden ser consideradas como un aprendizaje de vida.

Todo peregrinaje tiene un sufrimiento. 1 Pedro 2:11, 12 (NVI) nos advierte: “Queridos hermanos, les ruego como a extranjeros y peregrinos en este mundo que se aparten de los deseos pecaminosos que combaten contra la vida. Mantengan entre los incrédulos una conducta tan ejemplar que, aunque los acusen de hacer el mal, ellos observen las buenas obras de ustedes y glorifiquen a Dios en el día de la salvación”. Habla con exhortación a sus compañeros amados y hermanos de peregrinaje, no a incrédulos. Los considera como extranjeros o residentes temporales de esta vida porque sabe que Dios nos está preparando para la vida eterna; estamos de paso por este mundo y necesitamos vivir con la mente en “el más allá”, aunque todavía estamos en el “más acá”. La clave para hacerlo es alejarse de los deseos pecaminosos, “carnales”, o “deseos humanos” como traducen algunas versiones. Batallan contra la vida espiritual que es la vida por excelencia representada por Dios mismo. Vivimos para Dios, recibimos su luz y debemos alumbrar a los demás, que todavía no la tienen. Por este motivo, debemos pedir la dirección de Dios para mantener una conducta que aliente a los otros a seguir a Cristo y los lleve a dar honra a Dios. Se trata de vivir una vida ejemplar, ser modelos de conducta, que desaliente sus calumnias, lo cual solo será posible con la ayuda y bendición de Dios. Así, en lugar de temer su juicio final, podremos alabarlo y reconocer su sabiduría en la dirección de nuestras vidas hacia su salvación y se cumplirán todas las promesas hechas a los peregrinos de todas las edades: “Haré brotar ríos en las áridas cumbres, y manantiales entre los valles. Transformaré el desierto en estanques de agua, y el sequedal en manantiales” (Isaías 41:18 NVI). Allí terminarán para siempre todos nuestros sufrimientos. En este peregrinaje de la vida, ¿estás mirando hacia atrás o hacia adelante?

                                                                                      Angel Magnífico

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