¿PODEMOS OLVIDAR LA GRANDEZA DE DIOS?


Paul Washer (misionero, predicador, escritor estadounidense, n. 1961) dijo: “Todos necesitamos días difíciles para aumentar nuestra dependencia de Dios y aprender que su gracia es suficiente”. Parece duro, pero la historia nos muestra que a veces ocurre de esta manera. Le pasó al rey Nabucodonosor II que reinaba sobre el imperio neo-babilónico (605-592 a.C.). El rey sabía de la existencia de Dios debido a que en su corte trabajaba, como consejero suyo, el profeta llamado Daniel. Había interpretado un sueño del rey que ninguno de sus falsos adivinos pudo descifrar (Daniel 2). Con el paso del tiempo, Nabucodonosor se creyó superior a todos, hizo una estatua suya gigante y obligó a todos a su adoración; ante la negativa de Daniel y sus amigos, fueron condenados a morir en un horno de fuego. Dios los salvó (cap. 3) y el rey lo vio; pero luego lo olvidó. Sufrió una locura que le fue advertida por Dios a través de Daniel (cap. 4): observando su capital, “exclamó: «¡Miren la gran Babilonia que he construido como capital del reino! ¡La he construido con mi gran poder, para mi propia honra!»” (4:30). Esa locura duró por 7 años; al recobrarse, terminó reconociendo que todo el poder es de Dios y que “siempre procede con rectitud y justicia, y es capaz de humillar a los soberbios” (4:37), incluido él. ¿Cómo puede ser que nos olvidemos de la grandeza de Dios? Si solo nos miramos a nosotros. Gálatas 6:3 (NVI) dice: “Si alguien cree ser algo, cuando en realidad no es nada, se engaña a sí mismo”. 

Cuesta reconocerlo, pero muchos cristianos nos acostumbramos fácilmente a la comodidad de las bendiciones de Dios y llegamos a creer que las merecemos y las tratamos como logro propio, olvidando de quien las recibimos. El texto nos enseña varias cosas: 1) No dice que debemos desvalorizarnos; enseña que lo hagamos correctamente y esto implica asumir que Dios es más importante que nosotros, más grande, poderoso y soberano de nuestras vidas. 2) Sobrevalorar nuestra obra y méritos, es un engaño que lleva al sufrimiento. 3) Le debemos todo a Dios; él no nos debe nada. Sin embargo, muchas veces sufrimos porque invertimos los términos. Mirándonos solo a nosotros mismos con soberbia, nos hacemos pequeños dioses sin pretenderlo. Nos creemos dueños de nuestra vida, autores exclusivos de nuestros logros y artífices de nuestros destinos. 4) Dios quiere que seamos independientes y libres, pero de todo lo vano que nos ata en esta tierra. La sociedad invierte los términos y dice que Dios nos ata y ella nos libera, pero la realidad, es exactamente al revés. 5) Valoricemos a Dios por todo lo que ha hecho por nosotros. Para salvarnos del pecado, sacrificó la vida de su hijo Jesús (no hay costo más alto que pueda ofrecer la humanidad que este sacrificio asumido por la divinidad). Esto será siempre el regalo de amor más importante que todas nuestras obras.

Desplazarlo del primer lugar de nuestras vidas es ofensivo. Tiene que llamarnos a la reflexión y al examen personal. A veces, debemos perder algo para valorarlo, como le pasó a Nabucodonosor y como le pasa a quien se cree más de lo que es. Entonces vienen “días difíciles”, años de “locura”, sufrimientos innecesarios, que nos permiten reconocer nuestra necesidad de su protección, a valorar sus bendiciones, a ser más sabios y a reconocer la grandeza de Dios y su gracia. ¿Agradecerías hoy a Dios por todas sus provisiones?

                                                                                                                      Angel Magnífico

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