¿EVITAREMOS LAS CONSECUENCIAS DE NUESTRAS MALAS DECISIONES?
Durante
toda nuestra vida tomamos decisiones: algunas son más importantes que otras; pueden
ser insignificantes o grandiosas. Siempre estamos decidiendo, con un sí o con
un no, o simplemente callando. ¿Evitaremos las consecuencias
de nuestras decisiones? Jeremías fue un profeta en sufrimiento y del
sufrimiento. Tuvo la oportunidad de ser usado por Dios para llamar a un pueblo
creyente pero que le respondía en forma rebelde e idólatra. Después de ver con
sus propios ojos la caída de Jerusalén en manos de los babilonios, los que no
fueron deportados, huyeron a Egipto. Allí también se olvidaron de Dios. Sus
pecados fueron continuos y extensos; pero también lo fueron los llamados de
Dios para su arrepentimiento. Cambiaron a Dios por la llamada reina del
cielo (era Istar, diosa de la fertilidad, el sexo y la guerra, equivalente a la
Astarté cananea). Era más fácil conformarse a las exigencias culturales
vigentes que responder al comportamiento ético de Dios. El pueblo responde
al llamado divino a través del profeta, justificando su comportamiento: “Escucha,
Jeremías: Este mensaje que nos has dado de parte de Dios, no lo vamos a
obedecer. Al contrario, vamos a seguir haciendo lo que nos da la gana, tal
como lo hicieron nuestros antepasados, nuestros reyes y nuestros funcionarios.
Seguiremos adorando a nuestra diosa, la Reina del cielo, y le ofreceremos
incienso y vino. En realidad, cuando lo hacíamos, teníamos mucha comida y no
nos faltaba nada ni nos pasaba nada malo” (Jeremías 44:16, 17 TLA). La
perversión de su historia es evidente. Creían que les iba mal porque habían
dejado sus prácticas paganas para seguir a Dios. En realidad, les iba
mal como consecuencia de su falsa adoración y olvido de Dios. El profeta
tiene que volver a decirlo claramente: “Llegó el momento en que Dios ya no
aguantó más. Y no aguantó, por la forma en que ustedes actuaban y por las cosas
asquerosas que hacían. Por eso su país se convirtió en un desierto horrible, en
un montón de ruinas donde nadie vive. La ciudad es un ejemplo de maldición para
todos sus vecinos. ¡Y esto es así, hasta el momento de escribir
esto! Ustedes pecaron contra Dios al adorar a otros dioses, y al no querer
obedecer ninguno de sus mandamientos. Por eso ahora tienen que sufrir tan
terrible desastre”.
Invirtieron la relación causa-consecuencia como una justificación a sus pecados. Se apartaron de Dios con sus malas decisiones (lo cambiaron por una adoración falsa). Dios no dejó de llamarlos ni de cuidarlos ni de bendecirlos, dándoles una oportunidad tras otra. Pero no podía permitir indefinidamente ese orden de cosas y tuvo que dejar que sufrieran las consecuencias de sus decisiones. Se desprendieron del bien y empezaron a sufrir el mal por el que se habían decidido. Practicar el mal genera problemas y sufrimiento, a veces en forma inmediata y otras en forma tardía, pero sus consecuencias siempre llegan. Dios desenmascara el error: vendría una tragedia sobre la mayoría (traducidas "en asolamiento, en espanto y en maldición”, según la RVR). Solo volverían a Judá un remanente de fieles que no se conformaron a las prácticas de sus antepasados ni a la cultura imperante. En este caso, el sufrimiento fue una señal de su mala decisión de cambiar al verdadero Dios por una alternativa falsa que solo era una experiencia volátil de felicidad y bienestar material. Decidir por Dios es respetarlo en el tiempo y en el espacio que nos toque vivir. Estará con nosotros para guiarnos con su sabiduría en la toma de decisiones en su favor.
Angel Magnífico

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