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¿QUÉ ESPERA DIOS DE NOSOTROS?


 

En la genealogía de Jesús (registro de sus antepasados) registrada por Mateo, aparecen gratas sorpresas. Solemos leerla solo mirando los nombres. Hoy en día ya no se usa recordar a nuestros ancestros para ver que nos ligaba a ellos y menos, preguntarnos lo qué hicieron, aunque muchas veces lo desconocemos. En esa lista hay nombres admirables como Abraham, David, Salomón y otros. Pero también hay otros que sobresalieron por su maldad como Manasés.  También hay mujeres y que, además no eran judías: se menciona la cananea Rahab y la moabita Rut (contrariamente a la costumbre habitual de no mencionar a las mujeres en estas genealogías). Hay numerosas condiciones sociales y religiosas: patriarcas, reyes, judíos, gentiles, espías, soldados, etc. Esto demuestra que Dios no tiene los mismos prejuzgamientos que nosotros, que solo provocan sufrimientos en quienes estigmatizamos y en nosotros mismos. Dios ama a todo aquel que es capaz de entregarse sincera y completamente a Él; a todo aquel que decide seguirlo, lo perdona y le cambia la vida. También a nosotros.

Mateo 9:9-13 relata el llamado que Jesús le hizo a un recaudador de impuestos para los romanos cuando lo ve haciendo su trabajo “sentado a la mesa de recaudación de impuestos. Sígueme, dijo Jesús. Y Mateo se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos recaudadores de impuestos y pecadores llegaron y comieron con él y sus discípulos. Cuando los fariseos vieron esto, preguntaron a sus discípulos: ¿Por qué come su maestro con recaudadores de impuestos y con pecadores? Al oír esto, Jesús contestó: No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. Pero vayan y aprendan qué significa esto: Lo que pido de ustedes es misericordia y no sacrificios. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”. Mateo, igual que muchos otros publicanos, pecadores e incluso parias de la sociedad de entonces, vio como el mismo Jesús ponía las cosas y a las personas en su lugar. Los fariseos, despreciaban a quienes no eran perfectos e intachables como decían ser ellos (al menos, por fuera y en apariencia). Sin embargo, todas las personas que se mencionan en la Biblia, incluso en la genealogía de Jesús, fueron pecadoras. Nosotros también. ¿Qué persona sana necesita de médico? Los enfermos son los que lo necesitan para calmar su sufrimiento. Y toda la humanidad está enferma del mismo mal: el pecado. Nuestro remedio es Cristo y ¿cómo lo “tomamos”? Siguiéndolo, imitándolo. En su contestación, Cristo cita a Oseas 6:6 (NVI): “Lo que pido de ustedes es amor y no sacrificios, conocimiento de Dios y no holocaustos”. Cuando “misericordia” se traduce del hebreo (AT) significa: gracia, favorecer, ser benigno, favor, agradable, bueno, compasión. Cuando se traduce del griego (NT) significa: gracia, buena voluntad, amable, compasivo. Esas palabras se podrían resumir claramente en la traducción más significativa en ambos idiomas: amor. Y la misericordia que se resalta, es la que Dios desea para nuestro carácter y se contrapone al sacrificio formal, que muchas veces se podría traducir como una mera justificación por las obras. Sin amor y sin conocimiento experiencial de Dios, la religión se torna vacía y de apariencias. Dios está buscando algo más importante con cada uno de sus hijos: que aprendamos de su carácter y practiquemos su misericordia, que lo conozcamos cada más y mejor tratando de imitar a Cristo. Los sufrimientos diarios serán menores comparados con ese amor que lo hizo todo por nosotros y solo espera nuestra respuesta.

                                                                                                          Angel Magnífico

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