Wolfgang
Ernst Pauli (1900-1958), físico austríaco y Premio Nobel en 1955, sostenía que
“las casualidades son huellas visibles de principios desconocidos”. Cada día
son más los científicos que no se atreven a sostener las casualidades. En
el texto bíblico tampoco son aceptables, porque sostiene que Dios está
en el control de todo y el azar se contrapone a la soberanía de Dios que lo
sabe todo: “¿Quién
puede anunciar algo y hacerlo realidad sin que el Señor dé la orden?” (Lamentaciones
3:37 NVI). Dios porque es todopoderoso, omnisapiente y omnipresente. Esto
implica que no pueden existir las casualidades, sino solo las causalidades. El
problema es que, en muchas ocasiones, no alcanzamos a ver ni a entender, cuáles
son esas causas y esto provoca sufrimiento. Muchas veces se niega la causalidad
para no enfrentar la ignorancia de los propósitos o los planes divinos o evitar
chocar con nuestra impotencia. Pero la dinámica y el cuestionamiento del sufrimiento
nos pueden llevar a la fuerza y el establecimiento de una esperanza más firme y
confiada en Dios. Le pasó el sufriente de Lamentaciones que luego de 21
versículos de dolor, aparecen otros 21 de esperanza (3:22-42).
Los filósofos hablan del principio de razón suficiente: siempre hay una explicación racional para cada suceso, aunque la desconozcamos. Esto significaría descartar lo aleatorio, el azar, lo inexplicable. Puede ser que no encontremos las respuestas, pero eso no significa que no existan. En nuestro entendimiento, puede aparecer solo la confusión, pero eso no implica que no haya una explicación. Dios mantiene su control, no dando lugar a las casualidades. El refrán popular dice: “Así como hay cosas que pasan por algo, hay cosas que por algo no pasan”: siempre hay un propósito, oculto o manifiesto. La Biblia nos orienta a vivir de otro modo: “Ahora escuchen esto, ustedes que dicen: «Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad, pasaremos allí un año, haremos negocios y ganaremos dinero». ¡Y eso que ni siquiera saben qué sucederá mañana! ¿Qué es su vida? Ustedes son como la niebla, que aparece por un momento y luego se desvanece. Más bien, debieran decir: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello» (Santiago 4:13-15).
Toda jactancia humana respecto al control del mundo y de la vida, puede hacernos sufrir. Los seres humanos no tenemos poder ni para saber qué será de nosotros el día de mañana. Dios tiene el poder que necesita para hacer lo que decida. No hay sucesos aleatorios, sino solo controlados por Dios. Si algo escapa a su control no podríamos confiar en él porque estaríamos suponiendo que no tiene suficiente poder. Si delega todo en nosotros tampoco porque solemos equivocarnos. Si se hiciera dependiente de nuestros antojos o de nuestras oraciones porque somos muy fluctuantes. Nuestras oraciones no bajan a Dios a nosotros, en realidad, nos suben a nosotros hacia él, entonces debemos orar, no para cambiar a Dios, sino para cambiar nosotros. No nos obliga, en realidad nosotros nos debemos a Dios. Otro texto nos dice: “El hombre propone y Dios dispone. A cada uno le parece correcto su proceder, pero el Señor juzga los motivos. Pon en manos del Señor todas tus obras, y tus proyectos se cumplirán” (Proverbios 16:1-3). Hay propósitos, no azar; hay causas, no casualidades. ¿Dejaremos nuestras vidas libradas al azar, a nuestra sapiencia, o a Dios?
Angel Magnífico

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