Ir al contenido principal

¿SALVOS POR LO QUE HACEMOS O POR LO QUE SOMOS?


La propuesta de Dios es mantener una relación íntima con él; será todo o nada. ¿Cuál es la nuestra? Que estemos juntos, pero no tanto; intentar vivir consagrados en muchas áreas de nuestras vidas, pero no en todas. No es fácil dejarlo todo por Dios; muchos invierten el proceso y lo que hacen es pedirlo todo. Vivimos en un mundo materialista y nos cuesta aceptar el concepto de “pérdida”, cuando lo que todos deseamos es “ganancia”. Estos preconceptos nos llevan al sufrimiento. Somos nosotros los que a veces no conocemos la capacidad de Dios o la humanizamos y deformamos al punto de pensar que nuestras pérdidas serán mayores que sus promesas, que nuestros sufrimientos serán más fuertes que su consuelo y protección; nos engañamos pensando que la vida en esta tierra y lo que tenemos, será más valiosa que la que nos espera con él en la vida eterna. ¿Cuál es la clave de aceptación divina? Entender esto nos ayudará a no sufrir por vanos intentos de ganarnos su aprobación. ¿Somos aceptados por lo que somos o por lo que hacemos? “… cuando se manifestaron la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia, sino por su misericordia. Nos salvó mediante el lavamiento de la regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo, el cual fue derramado abundantemente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador” (Tito 3:4-6 NVI).

Dios nos salva por su amor hacia la humanidad. Es gracias a su misericordia; esta palabra viene de dos palabras latinas: “miserere” (tener compasión) y “cordis” (corazón), es la que mejor describe el amor gratuito de Dios. No podemos ofrecer obra humana alguna que sea lo suficientemente meritoria para ganar nuestra salvación. Pensar que si nos portamos bien, lograremos convencer a Dios de nuestra salvación es una profunda confusión teológica. Nos salva lavándonos, purificándonos a través de una renovación personal, interior y espiritual que solo la puede hacer su Espíritu Santo y por eso, se llama nuevo nacimiento. Para esto necesitamos creer que Cristo fue quien pagó nuestro rescate por nosotros. Entonces, luego de esto, como resultado de aceptar esta obra de salvación, comenzaremos a actuar y a vivir de otra manera, pero será consecuencia y no causa de nuestra salvación. Nos conduciremos mejor porque somos salvos; no seremos salvos por portarnos bien. No hay mérito en nosotros sino en Cristo. Intentar salvarnos por nosotros mismos solo atraerá fracasos y decepciones en nuestra vida. Dios tiene algo mejor: “¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos! El mundo no nos conoce, precisamente porque no lo conoció a él. Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos, sin embargo, que cuando Cristo venga seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es. Todo el que tiene esta esperanza en Cristo se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:1-3). Ya no somos como delincuentes perdonados de quienes hay que estar alertas y desconfiar de una nueva transgresión. Somos sus hijos aceptados por gracia y en función de la salvación que Cristo nos dio. Ahora solo es esperable una respuesta de amor a semejante restauración. Primero viene la relación (somos sus hijos), luego se genera la acción (hacemos buenas obras). 


                                                                                                                      Angel Magnífico








 

Comentarios

Entradas populares de este blog

¿POR QUÉ SUFRIMOS? - Respuestas para un mal cotidiano

  Enfrentarse al sufrimiento, es una experiencia desgraciadamente común y reiterada en el ser humano. Aunque por nuestra edad, situación o estilo de vida, todavía no hayamos experimentado una situación personalmente dolorosa, seguramente la hemos sentido al menos con respecto a otros: cuando se produce una guerra o un desastre natural, al enterarnos que un torpe accidente dejó incapacitada a una persona, al morir un ser querido o cuando un llanto desconsolado nos hace sentir impotentes. Todo tipo de sufrimiento parece, moral y racionalmente, incompatible con el concepto de un Dios amante y todopoderoso. Por esto, es importante encontrar una explicación en la propia Palabra de Dios que nos ayude a responder a este interrogante. ¿Por qué sufrimos? Porque a veces, cosechamos lo que sembramos. Leemos en Gálatas 6:7-9: “Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. Este podría ser un primer criterio bíblico orientador, no el único; no absoluto y no siempre aplicable, pero sí,...

¿HAY ALGO MÁS INÚTIL QUE PRETENDER SUPLANTAR A DIOS?

Lo humano y lo divino corresponden a esferas diferentes; se relacionan y comunican, pero son ámbitos de poder distintos. Podemos crearnos sufrimientos inútiles cuando confundimos nuestro nivel de influencia en alguna de ellas. Solo Dios puede controlar a Satanás: cuando inició una rebelión en el cielo en su contra, le dio tiempo suficiente para cambiar de idea y cuando no lo hizo, lo expulsó del cielo a la tierra (Isaías 15:12-15) y finalmente será derrotado por Cristo. Ningún ser humano podría haberlo hecho. Si nos sometemos a Dios resistiremos por el poder de su Espíritu Santo las tentaciones que el diablo nos proponga (Santiago 4:7), pero nunca lo lograremos por nuestras propias fuerzas. Si pretendemos negociar con Satanás, terminaremos mal; nos ganará y nos cambiará a su imagen. Lo mismo puede ocurrir cuando intentamos luchar con algunos sufrimientos; no podremos doblegarlos. Esa es una obra para Dios . Solo con su poder, podremos derrotar a esos gigantes de la vida como David lo h...