¿POR QUÉ LAVAMOS LA TOALLA SI YA ESTAMOS LIMPIOS CUANDO LA USAMOS?
¿Por
qué periódicamente debemos lavar las toallas si se supone que las usamos cuando
ya estamos limpios? No toda la suciedad se desprende cuando nos lavamos. Ni el
agua, ni el jabón quitan todo; la toalla no puede eliminar por sí, los
vestigios de suciedad. Aunque no lo veamos a simple vista, en la toalla se van
acumulando bacterias, gérmenes, secreciones corporales, células muertas, etc.
Incluso llegan a producir olor y hongos si no las lavamos. Limpio no
significa esterilizado; siempre quedan restos. Tampoco en el terreno espiritual
podremos lograr una limpieza total del pecado, ni con nuestros mejores intentos.
No comprender esto, generará esfuerzos y sufrimientos inútiles.
Jeremías 2:22 (NVI) dice: “Aunque te laves con lejía, y te frotes con mucho jabón, ante mí seguirá presente la mancha de tu iniquidad, afirma el Señor omnipotente”. El versículo menciona 3 intentos de limpieza: 1) La expresión “aunque te laves” compara la experiencia de lavar ropa refregándola en el agua como se hacía en aquella época con los vanos intentos por limpiarnos del pecado. 2) la “lejía” se refiere al carbonato de sodio (mineral alcalino que se depositaba en maderas o plantas de ciertos lagos de Egipto) que solía usarse para blanquear la ropa. 3) El “jabón” no era como el que conocemos hoy, sino un producto, también de origen vegetal, que se obtenía al quemar determinadas plantas con propiedades limpiadoras. Ninguna de estos intentos cotidianos de limpieza, permitirá que lleguemos a ser completamente limpios a nivel espiritual. Otras versiones traducen que la mancha “permanecerá” o quedará “grabada” para indicar que ningún intento o invento humano podrá quitar de nosotros lo que provoca el pecado, porque en realidad, está en nosotros. No solo tenemos pecados, sino que somos pecadores. Ninguna persona se puede salvar a sí misma, ni puede presentarse digna ante Dios. No importa lo que hagamos o el producto que usemos. Otra traducción dice: “No hay en el mundo jabón ni detergente que puedan purificarte. Has cometido tantos delitos que son difíciles de olvidar. Los veo permanentemente ante mí, dice el Señor Dios” (NBV).
Nuestra mejor alternativa es creer en las promesas divinas. David, después de haber pecado, angustiado y arrepentido, le pide a Dios: “Lávame de toda mi maldad y límpiame de mi pecado… Purifícame con hisopo, y quedaré limpio; lávame, y quedaré más blanco que la nieve (Salmos 51:2, 7). No hay mejor alternativa. Reconocía su incapacidad natural para sacarse el pecado de encima. Nada ni nadie puede efectuar la limpieza espiritual que necesitaríamos; solo Dios puede hacer ese milagro único y amoroso. Jesús demostró la misma efectividad cuando un leproso, le dijo que si él quería podría limpiarlo, “Jesús extendió la mano y tocó al hombre. Sí quiero, le dijo, ¡Queda limpio! Y al instante quedó sano de la lepra” (Mateo 8:3). Hará lo mismo con nosotros, hoy y ahora, si se lo pedimos. Evidentemente no somos como deberíamos ser, pero Jesús nos ve cómo podemos llegar a ser bajo el poder de su amor con “el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad” (Efesios 4:24).
Angel Magnífico

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