¿SIRVEN HOY SUS ENSEÑANZAS ACERCA DEL SUFRIMIENTO?


El Salmo 119 no solo es el capítulo más largo de toda la Biblia y el salmo más extenso, sino también, un verdadero himno a la Palabra de Dios. Casi todos sus 179 versículos se dedican a exaltar la Ley de Dios y su palabra; explica que debe actuar como guía efectiva en la vida del creyente. Está formado como un gran acróstico porque se divide en 22 partes, cada una de las cuales comienza con una letra del alfabeto hebreo; cada parte se divide en 8 versículos que también repiten su primera letra en cada estrofa (esta perfección literaria, la perdemos en la traducción del idioma original al nuestro). Lo que sí se detecta fácilmente es el reconocimiento de David para aquellos que siguen las enseñanzas de Dios en todos los aspectos de su vida. Incluso durante el sufrimiento, puesto que dice “Tu promesa es mi consuelo cuando sufro; tu palabra me devuelve la vida” (Salmos 119:50 PDT). 

El salmista tiene en claro 2 cuestiones: 1) durante el sufrimiento solo Dios puede ayudarnos y al mismo tiempo 2) reconoce que antes o después del sufrimiento es necesario tener un acercamiento espiritual a la Palabra de Dios. Durante la aflicción, la prueba o los problemas, Dios puede brindarnos el consuelo que necesitamos: “Si yo no hubiera seguido con amor tus enseñanzas, mis sufrimientos ya habrían acabado conmigo. Jamás olvidaré tus instrucciones porque ellas me mantienen con vida… Hace mucho tiempo entendí que tus enseñanzas valen para siempre. Mira mi sufrimiento y ven a salvarme porque nunca me he olvidado de tus enseñanzas” (Salmos 119: 92, 93, 152, 153 PDT).

La versión TLA traduce: “Si tu palabra no me hiciera tan feliz, ¡ya me hubiera muerto de tristeza! Jamás me olvido de tu palabra, pues ella me da vida”. Reconoce que, si no hubiera sido por las enseñanzas divinas, incluido el sufrimiento, él hubiera desfallecido de impotencia. Fue el poder vivificante que tiene toda la Palabra de Dios, lo que le dio luz a su vida y Dios lo sostuvo. Decide entregarle su vida y le pide que lo salve. No le pide que evite el sufrimiento; le pide que lo salve (no se trata solo de un pedido circunstancial, sino de uno existencial); salvación es darle vida eterna. Lo hace en la seguridad y en la convicción de conocer a Dios y sabiendo que su amor no lo abandonará. Dios está presente, aunque no hable o no se lo sienta. Acompañarnos es parte de su esencia; el salmista lo conocía desde antes, por eso podía esperar en él confiadamente, sabiendo que Dios no sería contrario a su esencia de amor. Aunque no siempre puede manifestarse, sí puede darnos lo que necesitamos: cuidarnos amorosamente. Si no nos quita el sufrimiento, la prueba o problema que nos aflige, nos capacita para que lo resistamos y salgamos a flote; nos edifica y perfecciona en Cristo y a través de la acción de su Espíritu Santo. La mirada de Dios sobre sus hijos es un permanente rescate porque su interés es que estemos con él para siempre. Esto debemos leerlo, pensarlo, estudiarlo antes o después del sufrimiento. Durante el sufrimiento, solo queda entregarnos a él y permitirle que actúe según su voluntad; nos recatará y salvará. Nuestra seguridad está en algo que no nos puede ser quitado y es su amor hacia nosotros.

                                                                                                           Angel Magnífico

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