¿CORONA O CRUZ?

Los cristianos somos llamados así porque seguimos el ejemplo de Cristo con la ayuda y el poder del Espíritu Santo. Cristo tenía una corona de gloria al lado del trono de su padre celestial y la dejó para tomar una corona de espinas al lado de dos ladrones. Lo hizo por amor a nosotros. Su muerte consumó nuestra salvación. Su humillación generará nuestra exaltación, pero no antes, de pasar por nuestra cruz. Esto significa crucificar nuestro yo, no para salvarnos (eso ya lo hizo Cristo), sino para renacer a la imagen y semejanza de Dios. Pablo sostenía: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí“ (Gálatas 2:20 NVI). Esa decisión se toma en un momento, pero el proceso dura toda la vida: “No es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea perfecto. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí” (Filipenses 3:12). Algunos cristianos dejan de avanzar en ese camino porque seguirlo implica pérdidas y ganancias. Cuesta dejar nuestra gloria y asumir su cruz, pero al final del proceso, dejaremos nuestra cruz para asumir su gloria. Es decir: “Debemos gloriarnos solo en la cruz de Cristo. En cuanto a mí, jamás se me ocurra jactarme de otra cosa sino de la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo” (Gálatas 6:14).

La afirmación de Pablo es poderosa y clarísima. No habría cristianos sin la cruz. Debemos dejar de centrarnos en glorias humanas de un falso buen humanismo; buscar la cruz de Cristo es el verdadero humanismo que nos lleva a reencontrarnos a nosotros mismos como imagen de Dios y a rendirle culto como su Creador y Sustentador. Solo participando de la abnegación de Cristo y de su sufrimiento, reconociéndolo y aceptándolo plenamente, podremos acceder a la corona de gloria que reserva para los creyentes. Entonces, las vanidades mundanales, equivalentes a nuestros intereses carnales, pasarán a ser lo que son, solo efímeros, hojarasca, niebla, juguetes inservibles, nada que merezca arriesgar nuestra vida eterna. Quedarán crucificados, anulados, muertos. El proceso demandará tiempo y entrega. Sin cruz no hay corona. Pero no porque Dios sea malo o se empecine en hacernos las cosas difíciles. Es por nuestro bien. Será una prueba para aprender. Santiago lo enseña: “Dichoso el que resiste la tentación porque, al salir aprobado, recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a quienes lo aman” (Santiago 1:12). ¿Cómo llegaremos a ser verdaderos cristianos sin ser probados? No es que sea agradable, sino necesario. Si para tener fortaleza física, nos entrenamos duramente, no hay porque pensar que la fortaleza espiritual se logrará mágicamente. Una tentación superada por su guía, una prueba resistida por su fuerza, un problema superado por fe, nos enseña y edifica; nos muestra que unidos a Dios, todo es posible. Cristo también fue tentado, probado y problematizado. Soportó todo pensando en las promesas de Dios y en un universo libre de pecado. El resultado fue la resurrección, la corona de vida y la gloria eterna. La cruz funcionó como un precedente de la corona. Pablo resumió esta lucha diciendo: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, me he mantenido en la fe. Por lo demás me espera la corona de justicia que el Señor, el juez justo, me otorgará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que con amor hayan esperado su venida” (2 Timoteo 4:7, 8). No habrá temor; solo esperanza.                       

                                                                                                                   Angel Magnífico 

 

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