¿SOBRA PECADO O FALTA ENTREGA?

 


Cuando las cosas no ocurren como queremos podemos quedar ante la encrucijada o disyuntiva de pensar que hicimos algo mal o que nos falta entrega para esperar confiadamente en Dios. En el fondo de nuestro corazón está la duda: ¿Nos sobra pecado o nos falta entrega? La Biblia nos orienta al respecto, no solo con palabras sino con ilustraciones o ejemplos de vida que nos pueden ayudar en esta situación. El Salmo 42 es uno de los más leídos y disfrutados por creyentes de todas las generaciones porque trata esta cuestión y la resuelve. Se trata de una lamentación y súplica personal que se podría dividir en dos partes; ambas concluyen con el mismo estribillo. La 1° parte (vv. 1-5) trata del sufrimiento de un fiel creyente que se encuentra lejos de Jerusalén y del santuario y clama diciendo: “Cual ciervo jadeante en busca del agua, así te busca, oh, Dios, todo mi ser. Tengo sed de Dios, del Dios de la vida. ¿Cuándo podré presentarme ante Dios?” (v. 1, 2). Es una expresión sincera y profunda de su nostalgia, su sed de Dios, la tristeza de su lejanía y la cercanía de la burla de sus adversarios. Cierra esta parte, con un estribillo en el que sostiene la esperanza del retorno a la ciudad sagrada y a la confianza en Dios: “¿Por qué voy a inquietarme? ¿Por qué me voy a angustiar? En Dios pondré mi esperanza y todavía lo alabaré. ¡Él es mi Salvador y mi Dios!” (v. 5). La 2° parte (vv. 6-11), que también termina con el mismo estribillo alentador, dice: “Esta es la oración al Dios de mi vida: que de día el Señor mande su amor, y de noche su canto me acompañe” (v. 8).

Este salmo resume la apremiante necesidad de Dios que siente todo creyente angustiado. En lugares desérticos, el agua era una necesidad apremiante. Así como el siervo buscaba con ansias las aguas que calmarán su sed, el creyente que está mal necesita a Dios con la misma desesperación. En esas regiones, los animales salvajes solían impedir a los siervos que tomen agua junto a ellos. Debían esperar a que terminaran y se alejaran, con el agravante de que el agua debía alcanzar para todos. Así, este creyente sufría porque sus enemigos no lo dejaban volver a Jerusalén a adorar e incluso se burlaban de él y de sus necesidades, diciéndole que Dios se había olvidado de él. Sin embargo, en el estribillo (v. 5 que repite en el v. 11) se auto pregunta si tiene sentido angustiarse, puesto que Dios lo ha acompañado hasta ese momento, lo trajo hasta allí y de allí lo sacará y le permitirá volver a disfrutar de sus bendiciones. Sabe que es poderoso para asegurarnos las provisiones de nuestras mayores necesidades. Nosotros también “sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman” (Romanos 8:28). Por eso es capaz de decir la oración del v. 8. Aún en el destierro, el salmista sabe que tiene un Dios que hará efectivo su amor a través de su cuidado diario. No estará solamente durante la luz del día, que implica el disfrute y el gozo de sus bendiciones. También estará durante la noche, que implica la oscuridad y la angustia de no verlo; esa presencia sería como un canto o arrullo para permitirle el sueño. Dios es capaz de proveernos un agua que calme toda nuestra sed espiritual a través de Cristo, que dijo: “el que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna” (Juan 4:14). Nos sobran pecados y nos falta entrega, casi diariamente, pero la única forma que tenemos de olvidar nuestras miserias como seres pecadores, es pensar que tenemos un Dios misericordioso que nos hará santos por la obra de santificación de su Espíritu. Nuestra fuente de agua viva es el ejemplo de Jesús.

                                 

                                                                                       Angel Magnífico

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