¿QUÉ RESPONDEREMOS ANTE EL FUEGO DE LAS PRUEBAS?
Frente a la envergadura de la figura de Moisés, solemos olvidar la simpleza extraordinaria de la zarza que tenía enfrente y pensamos más en él, que en esa zarza ardiendo. Sin embargo, esto marcaría el principio de una larga peregrinación. Este encuentro se relata en Éxodo 3:1-4 (NVI): “Un día en que Moisés estaba cuidando el rebaño de Jetro, su suegro, que era sacerdote de Madián, llevó las ovejas hasta el otro extremo del desierto y llegó a Horeb, la montaña de Dios. Estando allí, el ángel del Señor se le apareció entre las llamas de una zarza ardiente. Moisés notó que la zarza estaba envuelta en llamas, pero que no se consumía, así que pensó: «¡Qué increíble! Voy a ver por qué no se consume la zarza». Cuando el Señor vio que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: ¡Moisés, Moisés! Aquí me tienes, respondió”.
El
contexto (v. 4-6 y 14) aclara que el “ángel del Señor” era el Señor mismo con
esa forma. Así había aparecido a Abraham (Génesis 22:11). Ahora lo hacía entre
llamas de fuego. Desciende para hablar, nos
ama tanto que no lo hace desde los cielos, viene a nosotros. Esto no hubiera
sido tan extraño, si no fuera porque estas llamas salían de una zarza que no se
consumía, es decir, no terminaba de quemarse. La zarza era una mata o arbusto,
de variada altura y robustez, con hojas verdes en forma de cuña, espinas y
flores; en definitiva, una planta común y corriente. Era natural que en una
montaña como Horeb hubiera muchas zarzas, e incluso fuego (era posible por la combustión
natural debido a las altas temperaturas entre plantas secas). Lo que no era
natural fue que el fuego no se consumía. Esto encierra un mensaje para
nosotros. Esa simple zarza que cobra importancia porque no se consume, bien
puede representar al pueblo de Dios, que puede quemarse ante el sufrimiento,
pero tampoco se consume porque Dios lo protege. La historia del
cristianismo lo comprueba: Dios acompañó a su pueblo durante el fuego de la
aflicción y así como aquella zarza no se consumía, Dios no permitió que su pueblo
muriera. Estaba con ellos y está con nosotros. Sentimos la presencia de
Dios fácilmente durante las bendiciones y los buenos momentos. Sin embargo,
también durante las pruebas y los malos momentos, está con nosotros como lo
estuvo con Moisés, “entre las llamas”.
El fuego nos recuerda a la santidad y a la justicia de Dios, y a los
sufrimientos que causan las pruebas y la purificación que todos necesitamos. Ante
este tremendo milagro (hay un ángel y una zarza ardiendo sin consumirse), Moisés
se acerca para verlo mejor. No solo quería saber que pasaba, sino entender lo que
representaba. Cuando lo buscamos, Dios aparece y le advierte a Moisés que se
quede a una distancia segura (no todo puede ser entendido) y que quite el
calzado de sus pies (símbolo de respeto y sumisión a su santidad). Debía
acercarse para no enfriarse, pero no demasiado para no quemarse. Dios sigue
siendo el mismo, y también nosotros podemos acercarnos a él a pedirle que nos
mantenga ardiendo con el fuego de su palabra, de su Espíritu y de nuestra
misión. Podremos sufrir aflicción, pero no destrucción porque ese fuego
celestial arde, pero no destruye. Nuestro fuego puede apagarse, pero no el
suyo, porque la llama de su presencia no se apaga. Dios está siempre dispuesto
a sostenernos en nuestro peregrinar por esta vida y por cualquier desierto que
tengamos que recorrer. Solo espera que le digamos como Moisés: “Aquí me tienes”.
Angel Magnífico

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