¿POR QUÉ NECESITAMOS SER COHERENTES?
El
ser humano tiene la tremenda posibilidad de aparentar con su rostro, palabras o
actos. Puede tener dobleces que contradigan una actitud interior con otra
exterior. Esta incoherencia ha sido un motivo de sufrimiento a lo largo de la
historia del pueblo de Dios. Mientras que su promesa era redimirnos a través
de Cristo, hay creyentes que intentaron hacerlo por sí mismos; prefirieron
usar sus propios méritos fallidos antes que los perfectos de Dios; otros
intentaron portarse bien a través de sus buenas obras y esfuerzos propios,
antes que aceptar el poder de Dios y la presencia de su Espíritu Santo. Debe
haber una unidad entre lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos;
no debieran existir contradicciones entre estas cosas porque si no van todas en
la misma dirección, podemos atraer sobre nosotros una serie de problemas. Decimos
que una persona es coherente cuando existe una relación entre lo que piensa y
lo que dice, entre su forma de pensar y conducirse. Equivale a ser consecuente,
congruente o acorde. Dios le había prometido a su pueblo a través del profeta Jeremías
una clara promesa de restauración luego de la caída política de Jerusalén,
símbolo de su caída espiritual: “Haré que
haya coherencia entre su pensamiento y su conducta, a fin de que siempre me
teman, para su propio bien y el de sus hijos” (Jeremías 32:39 NVI). Otras
versiones más tradicionales de este versículo dicen: “les daré un solo corazón
y un solo camino” (LBLA), fortaleciendo la misma idea.
Este nuevo pacto de Dios, incluye una capacitación para cumplir sus términos. Esa capacitación la obtenemos por su gracia (no la merecemos, es solo por su amor hacia nosotros). La obtenemos sin intermediarios, a través de un conocimiento personal e íntimo de Dios que involucra la mente, la voluntad y las emociones. Esta restauración nos ofrece su perdón que incluye el olvido de nuestros pecados y caídas. Su propuesta es que abandonemos la religiosidad tradicional y encontrarnos con él en una relación de comunión diaria a través del Espíritu Santo y teniendo a Cristo como guía. Sin embargo, algunas veces tenemos contradicciones parecidas a las del antiguo Israel: prometemos seguir a Dios de todo corazón y después no lo hacemos, intentamos adorarlo pero mantenemos viejos ídolos, es decir, avanzamos en el camino, pero cambiamos de dirección espiritual constantemente. No somos coherentes. Debemos tener una disposición de amor mutuo con Dios. Lo dio todo por nosotros, incluso la vida de Cristo para salvarnos. En reciprocidad con él, debemos ofrecerle también nuestra vida, pero en forma total, no parcial. Esto supone un nuevo corazón o mente que sea coherente con la nueva naturaleza que Dios quiere desarrollar en nosotros. Tener un solo corazón es tener una sola mente dedicada a él, ser coherentes entre lo que decimos ser y lo que somos en realidad. Si nos entregamos a Dios, hará que pensemos y actuemos en función de sus planes; nos guiará de tal modo, que lo tendremos presente en nuestra vida cotidiana; tendremos adoración por su persona y esto será mucho mejor que centrarnos solo en nuestros problemas o sufrimientos. El plan de Dios es que su restauración resulte no solo política, material o física, sino también espiritual. Otra versión nos aclare más el texto diciendo: “les daré un solo corazón y un solo propósito: adorarme para siempre para su propio bien y el bien de todos sus descendientes” (NTV). En esta verdadera adoración radica nuestro bienestar eterno.
Angel Magnífico

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