¿QUÉ PODEMOS HACER CUANDO ESTÁ EN CONTRA?


 

Dos milagros seguidos se presentan tres veces en los evangelios: el de una mujer enferma y una niña muerta en Marcos 5:21-43, Mateo 9:18-26 y Lucas 8:41-56. Cada uno agrega detalles importantes. Los dos milagros entrelazados tienen varias cosas en común: una mujer que padece doce años de graves hemorragias: “había sufrido mucho a manos de varios médicos, y se había gastado todo lo que tenía sin que le hubiera servido de nada, pues en vez de mejorar, iba de mal en peor” (Marcos 5:26); y también había una niña de doce años que se estaba muriendo y por la que el padre le pide a Jesús: “ven y pon tus manos sobre ella para se sane y viva” (Marcos 5:23). Doce años de sufrimiento en ambas, provocaban una muerte en vida. Tanto la mujer enferma, como Jairo, un dirigente de la sinagoga del lugar, tienen algo más en común, valioso y ejemplar para nosotros: la fe. Jairo se arrodilla ante Jesús (Mateo 9:18) y la mujer pensaba que con solo tocar su manto, se sanaría (Mateo 9:21). Esa confianza plena es esperable para cada hijo de Dios. Sin embargo, a veces nos desanimamos.

La mujer era una marginada por causa de su impureza legal (Levítico 15:25-30) por padecer un flujo o hemorragia de sangre.  Pero se acerca con fe a Jesús; no esperó ni desaprovechó la oportunidad y entre la multitud logró tocarlo. Jesús actúa como el único médico capaz de darle al ser humano no solo su sanidad, sino la reivindicación de su dignidad y una vida plena y paz auténtica. Empezó con una fe sencilla, pero firme, no temió ante la multitud, se abrió paso ante ella, enfrentó los prejuicios de la época, incluso venció los propios y cuando Cristo pregunta quien lo había tocado porque había sentido una fuerza que salió de él, ella le confiesa que había sido curada y “había quedado libre de esa aflicción” (Marcos 5:29). Podía haberse escabullido entre la multitud y aprovechar la confusión de sus discípulos que le dicen a Jesús que toda la gente lo estaba apretujando. Jesús siempre es consciente de cada uno de sus hijos; no desparrama sus bendiciones, sino que las imparte específicamente. Cuando “la mujer, sabiendo lo que le había sucedido, se acercó temblando de miedo y, arrojándose a sus pies, le confesó toda la verdad”, Jesús le dice “¡Hija, tu fe te ha sanado… Vete en paz y queda sana de tu aflicción” (Marcos 5:33, 34). La mujer reconoció su limitada condición personal y el poder ilimitado de Jesús. Si hacemos lo mismo, Dios actuará en nosotros como lo hizo con ella.

Jairo también le pide a Jesús un milagro; sanar a su hija. Él se acercó primero, pero fue interrumpido por la mujer. Al ver el milagro en ella, aumenta su confianza. Y otra nueva interrupción los detiene en el camino a su casa: uno de sus hombres le avisa que su hija ya había muerto; podía haber pensado como ellos, que ya no era necesario ir a verla. “Sin hacer caso a la noticia, Jesús le dice al jefe de la sinagoga: No tengas miedo; cree nada más” (Marcos 5:36). Y Cristo, resucitó a su hija. Todo empezó con una fe puesta a prueba con el objeto de amor más grande que puede tener un padre: su propia hija. Igual que la mujer, se había acercado a él de rodillas, implorando, pidiendo, esperando. Y como siempre, Dios actuó con amor sobre aquellos que solo ofrecen su fe en él. Caen los temores y aparecen los milagros. Mateo cierra su relato indicando que la gente decía: “jamás se ha visto nada igual en Israel” (Mateo 9:33). Esto provocó que muchos salieran a divulgar los actos y milagros del Señor. ¿Creerás que también puede actuar en tu vida?

                                                                                                               Angel Magnífico

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