¿QUÉ SUCEDIÓ CON LA PROMESA...?


 

El apóstol Pablo abre su 2° carta a los Corintios con un saludo y una oración de acción de gracias a Dios.  Esta introducción era común en sus cartas. Lo curioso es que, en ésta, lo hace mientras atraviesa una difícil situación junto a sus compañeros de predicación en Éfeso. Luego agrega: “porque, si bien es cierto que como cristianos no nos faltan sufrimientos, no lo es menos que Cristo nos colma de consuelo” (2 Corintios 1:5 BHTI). Este versículo resuelve un interrogante que suele aflorar frente a la convivencia del sufrimiento con las promesas de cuidado divino. Muchas veces nos preguntamos qué sucede con la promesa de que los justos serán bendecidos. Aquí nos enseña que la realidad está formada por la convivencia de ambas cosas. Dios está siempre con nosotros. También está con nosotros durante el sufrimiento. Y no solo eso, no está en forma pasiva; Dios nos consuela durante el sufrimiento. Esto no es fácil de entender porque nuestra naturaleza nos lleva a pensar primero en el mal y luego en el bien, primero en el sufrimiento y luego en el consuelo, y para colmo, solemos quedar a mitad de camino, confundidos por la situación.

La idea clave qué trata de aclarar Pablo comienza en el v. 3 y se desarrolla hasta el v. 11. Sin embargo, se puede sintetizar en una sola palabra y es “compartir”. Dios es misericordioso y consolador según el v. 3 y comparte su amor con nosotros. Luego, en el v. 4, dice que nos conforta en todos nuestros sufrimientos para que gracias a ese consuelo que sentimos de él, nosotros podamos compartirlo con otros que también sufren. Esto lo podemos hacer mediante la consolación. Dios no se olvida de ninguno de sus hijos durante el sufrimiento. No se olvidó de Jesús durante su muerte en la cruz y tampoco se olvidará de nosotros durante nuestros pesares diarios. Las permanentes promesas de Dios a lo largo de toda la Biblia son de consuelo y protección para sus hijos. Para Pablo esto era tan cierto que trata de enseñarnos que Dios está con nosotros tanto cuando sufrimos como cuando somos consolados. El sufrimiento del cristiano será muchas veces incomprensible si tratamos de entenderlo por nosotros mismos y fuera del plan de Dios. Sin embargo, tienen la misma razón que el sufrimiento de Cristo. Nos enseña:

1. que el mal actúa en nosotros y en otros y muchas veces nos hace sufrir.

2. que el pecado siempre nos conduce con sufrimientos a la muerte.

3. que sólo con Cristo podremos luchar y vencer en forma definitiva.

Así como Dios acompañó a Jesucristo y lo rescató de la muerte mediante la resurrección, también nos acompaña a nosotros y nos promete la vida eterna. El camino de seguir a Cristo puede resultar doloroso si lo enfrentamos solos y sin la presencia de su Espíritu Santo, pero si nos dejamos guiar por él, podremos contar con el consuelo divino. Así como el padre compartió con su hijo su sufrimiento y le dio el consuelo que necesitaba para resistir y esperar la resurrección prometida, también a nosotros nos ofrece lo mismo. El consuelo divino es mucho más que palabras de alivio y calma; es presencia y guía de Dios; no es un llamado telefónico o un mensaje a través de las redes sociales; es amor que enseña y edifica compartiendo con nosotros ese mismo amor que tuvo por Jesús mientras sufría para salvarnos. A esto, podemos agregar que siempre su consuelo, supera a toda aflicción, aunque en ocasiones, tengamos que convivir con ella. “Muchos son los sufrimientos del malvado, pero el amor rodea al que confía en el señor” (BTHI).

                                                                                                            Angel Magnífico

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