¿CASA DE DIOS Y PUERTA DEL CIELO?
El patriarca Jacob sufrió y mucho. Fue
creyente desde pequeño, pero su vida se fue complicando poco a poco. Estafó a
su hermano, cambiándole sus derechos de hijo mayor por un plato de lentejas y
engañó a su padre para ganar una bendición especial. Cuando quedó al
descubierto, tuvo que huir. Perdió todo: a su hermano, madre, padre, amigos,
hogar, herencia.
Génesis
28:10-22 relata lo que le pasó a Jacob en plena huida. Había pecado contra
Dios, contra su padre, y contra sí mismo. Amenazado de muerte por su
hermano, dominado por el remordimiento, y solo en el desierto, todavía no había
comprendido que el fin no justifica los medios. No tenía un conocimiento
experimental de Dios.
A pesar de sus acciones, Dios en su amor, se le revela a través de un sueño. “Cuando Dios quiere hacer algo con uno, cuando quiere darle una revelación mayor de su gracia, de su bondad, primero prepara el terreno de su corazón para que reconozca que le necesita, y luego revela su gracia para esa necesidad” (Swindoll, Orville, Diseñados para expresar su gloria, p 12). Esto no significa que Él nos introduce en fracasos (son resultado de nuestros defectos o de la maldad reinante en el mundo). Significa que Él usa esas circunstancias para mostrarnos nuestra debilidad y darnos su capacidad. Cualquier corazón herido, puede ser sanado por Dios, sin importar el tamaño de nuestras heridas o lágrimas.
Al despertarse, Jacob exclama: “¡Cuán terrible es este lugar! (v.17). Dios despierta su conciencia espiritual: se da cuenta de la importancia de lo divino, encuentra la presencia de Dios y levanta un memorial en su honor. Y aprende dos cosas: “¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios y puerta del cielo” (v. 17).
Entiende que Dios le quiere revelar algo acerca de su casa. Nuestra casa es el lugar donde vivimos, donde está nuestra familia, donde podemos descansar del trajinar diario; por más lejos que nos vayamos siempre volvemos porque es nuestra casa. Algo análogo debemos entender cuando hablamos de la casa de Dios. Él espera hacernos su casa, templo del Espíritu Santo. No estamos solos, somos templo de Dios. Jacob recién ahora lo entiende y por eso derrama aceite en el lugar. No lo derrama hacia arriba. Lo derrama en la misma piedra donde reclinaba su cabeza. Allí mismo donde estaba en ese momento.
Entiende que Dios le quiere revelar algo hacer de acerca de la entrada al cielo. Es el segundo aspecto de la visión. No el primero. Nosotros solemos invertir el orden: presentamos la puerta del cielo como si Dios morara allí únicamente, y recién después presentamos la revelación de la gloria de Dios. Deberíamos hacer al revés: presentar a Dios, como buscando algo para sí, un templo donde habitar, y luego, revelar su gloria, su carácter, el cielo.
Jacob ve una piedra que se une con el trono de Dios a través de una escalera. Esa escalera representa el medio por el cual Dios desciende al hombre y luego, en segunda instancia, el medio por el cual el hombre asciende a Dios. Representa a Cristo. Sin él, estaríamos totalmente perdidos. Él nos alcanza donde estamos y nos permite llegar a Dios. No importa cuán grande sea nuestro pecado, donde estemos o quienes seamos, Cristo baja a nosotros para hacernos subir a Dios.
Angel Magnífico

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