¿SE OLVIDARÁ DIOS DE NOSOTROS?

 


Bertolt Brecht, poeta, director teatral y dramaturgo alemán (1898-1956) escribió en Preguntas de un obrero ante un libro: “Tebas, la de las Siete Puertas, ¿quién la construyó? En los libros figuran los nombres de los reyes. ¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra? Y Babilonia, destruida tantas veces, ¿quién la volvió a construir otras tantas? ¿En qué casas de la dorada Lima vivían los obreros que la construyeron? La noche en que fue terminada la Muralla china, ¿adónde fueron los albañiles? Roma la Grande está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?”. Le pregunta a la historia, algo que nunca tendrá respuesta porque fueron y serán muchos sus olvidados injustamente. Por el contrario, la Biblia relata la historia del casi permanente olvido de Dios de parte del ser humano y del permanente recuerdo del ser humano por parte de Dios. Tenemos textos bíblicos que reconocen nuestro olvido de Dios: “mi pueblo me ha olvidado; quema incienso a ídolos inútiles. Ha tropezado en sus caminos, en los senderos antiguos, para andar por sendas y caminos escabrosos” (Jeremías 18:15). Mientras que otros, resaltan que Dios nunca nos olvidará: “el necesitado no será olvidado para siempre, ni para siempre se perderá la esperanza del pobre” (Salmos 9:18). Uno de los muchos textos que existen al respecto y que impacta por su ilustración clara y vivaz, es el que dice: “¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré! Grabada te llevo en las palmas de mis manos…” (Isaías 49:15 NVI).

La ciudad de Jerusalén fue bendecida por Dios. Allí se había levantado el famoso templo donde se revelaba. Con los años, la ciudad comenzó a sufrir. Tuvo que soportar acosos militares, invasiones y sitios prolongados. Se consideraba metafóricamente como una mujer cautiva en manos de un enemigo que la había vencido, atrapado y casi destruido. Comenzó a considerarse abandonada. Entonces Dios recurre a una comparación que resultaría clara a sus habitantes y a todos nosotros. Se dice que el amor de madre es único. Por eso, Isaías lo usa para ilustrar el amor de Dios hacia su pueblo. El amor de Dios hacia sus hijos no solo es permanente, sino eterno; nos amó desde antes de nuestro nacimiento y nos seguirá amando. Dios se acuerda siempre de los olvidados por todos: los pobres (literales y de espíritu), las viudas, los huérfanos, desamparados, enfermos, despreciados, apartados por la sociedad, niños, ancianos, solitarios, perdedores, fracasados, mendigos y pecadores. Las personas que resultaban invisibles para otros eran notorias para Jesús y se ofrecía a rescatarlas: los leprosos, el siervo de un centurión, un paralítico, la mujer que toca su manto, la hija de un soldado romano, el hombre de la mano seca, una mujer cananea, los enfermos de Genesaret, la mujer siro-fenicia, los cinco mil que fueron alimentados, un ciego sanado, el hombre poseído, la mujer samaritana y muchos otros cuyos nombres desconocemos. Cada vez que Jesús se cruzó con alguna persona que pertenecía a alguno de estos y otros grupos de olvidados por la sociedad, detuvo su camino e hizo algo por ellos. Sus historias están en los evangelios, pero las nuestras están en el testimonio concreto de actuales creyentes que pasaron por algo parecido y recibieron su consuelo. El pecado ha ocasionado tantas desviaciones que podría ocurrir que una madre abandone a su hijo, pero Dios nos aclara: “aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré!”. Y agrega, asegurando su promesa: “Grabada te llevo en las palmas de mis manos” (v.16). 

                                                                                                             Angel Magnífico


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