¿SOMOS AGRADECIDOS CUANDO RECIBIMOS BENDICIONES DE DIOS?


 

Cuando se acercaba la Pascua del año 33, Jesús que había estado oculto de los fariseos, decidió volver a Jerusalén, para lo cual debía cruzar por Samaria y Galilea. Se encuentra con diez hombres enfermos de lepra. En aquella época podía ser tan grave que causaba la pérdida de tejidos del cuerpo, dedos y orejas y luego la muerte con mucho sufrimiento. La ley establecía que debían gritar su “impureza” a modo de advertencia a los demás y vivir aislados de la comunidad (Levítico 13:45, 46). Por este motivo, los leprosos le gritan que tenga compasión de ellos, quedándose a distancia (Lucas 17:13, 14). Los diez hicieron bien en confiar en el poder de Jesús. Todos fueron sanados en el camino, pero “uno de ellos, al verse ya sano, regresó alabando a Dios a grandes voces. Cayó rostro en tierra a los pies de Jesús y le dio las gracias, no obstante que era samaritano” (Lucas 17:15, 16 NVI). Hizo lo mejor que podría haber hecho. Evidentemente se sintió agradecido a Dios; incluso lo hace con total beneplácito porque vuelve alabando a Dios en voz alta. Se arrodilla ante Jesús, le agradece y escucha una pregunta: “¿Acaso no quedaron limpios los diez? —preguntó Jesús—. ¿Dónde están los otros nueve? ¿No hubo ninguno que regresara a dar gloria a Dios, excepto este extranjero? Levántate y vete —le dijo al hombre—; tu fe te ha sanado” (Lucas 17:17-19). Jesús no solo hace un milagro, transmite una enseñanza: debemos tener misericordia por los que sufren y ser agradecidos a Dios. ¿Sufrimos el estigma de los leprosos? Quedaron marcados como desagradecidos.

Judíos y samaritanos se distanciaron por su historia y su religión que los llevó a hacer la guerra entre ambos pueblos, profundizar las diferencias y llevarlas al terreno racial. El texto señala que el único que vuelve era samaritano. A esto se agrega que la lepra era considerada una enfermedad grave y una maldición de Dios sobre quien la padecía, según la superstición de entonces. Esas vidas eran un constante sufrimiento sin salida. Su única esperanza era el Mesías. Seguramente, enterados de los milagros de Jesús, lo llaman “maestro”, reconociendo su liderazgo moral, espiritual y religioso. Le piden que tenga “compasión”, que significa “sufrir con el otro” o apenarse del otro. Y Jesús lo hace. Los envía a los sacerdotes, cumpliendo la ley vigente y liberándolos no solo del sufrimiento físico sino también del espiritual porque cargaban con una supuesta condena divina materializada en la enfermedad; ahora, libres de ella, también se liberaban de esa condena y tenían perdón. Conscientes de su purificación, surgen dos actitudes: la actitud de nueve de ellos que quedan limpios exteriormente y van a Jerusalén a limpiarse ante el sacerdote sin detenerse a agradecer a quien hizo el milagro, es decir, no tuvieron gratitud; y en contraste, la actitud de un leproso que es diferente y Cristo lo advierte, porque vuelve a agradecerle ese milagro, es decir, tuvo gratitud. Los nueve fueron purificados, pero este leproso, además fue curado en una acción y un milagro más poderoso y radical que el que recibieron los demás. Jesús le dice que su fe lo ha “salvado”, que es mucho más que ser “purificado”. Los sacerdotes podían purificar el exterior y solo Dios podía curar el interior. Este leproso se postra a los pies de Jesús en señal de adoración que solo se podía tributar a Dios; está reconociéndolo como “Señor” de su vida y le agradece por su intervención milagrosa. El verdadero milagro es reconocer la presencia de un Dios liberador. La fe le dio una nueva piel, pero la gratitud, le dio un nuevo corazón.

                                                                                                                 Angel Magnífico

Comentarios

  1. Gracias por tu reflexión. Conocí la opera Nabuco gracias a un tema que presentaste en Liniers, a partir de entonces siempre escucho el coro de los esclavos...

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