¿DE LO MALO PUEDE SALIR ALGO BUENO?
Filipos fue una importante colonia romana de Macedonia,
frontera entre el mundo griego y el mundo romano. Recibió su nombre en honor a
quien la reconstruyó, Filipo de Macedonia, padre de Alejandro Magno, que vivió
en el siglo IV a.C. Fue la primera ciudad griega evangelizada por Pablo, por lo
que se sintió especialmente unido a su comunidad (Filipenses 4:15-16). Allí se
registraron dos conversiones milagrosas: la de Lidia y la de un carcelero
pagano. La conversión del carcelero es el centro de uno de los más poderosos
relatos que describe el proceso por el cual se produce la incorporación de una
persona a la comunidad cristiana (Hechos 16:30-34). Entre los dos hechos,
Pablo expulsa un demonio de una joven esclava. Sus dueños la explotaban
aprovechándose de ella para ganar dinero con la facultad de adivinación que
tenía su demonio. Al ser expulsado por el apóstol, perdieron su negocio y
Pablo, junto a Silas, terminaron en la cárcel, acusados de alborotadores. Esto
podría haber terminado muy mal porque el emperador Claudio había decretado la
expulsión de los judíos de Roma y la noticia, ya era conocida en Filipos. A
esto se sumaba que también eran cristianos. En definitiva, fueron acusados
maliciosamente, sufrieron el amotinamiento de la gente en su contra, les
arrancaron la ropa, los azotaron y les sujetaron los pies en un cepo (Hechos
16:20-24). “De repente se produjo un terremoto tan fuerte que la cárcel se
estremeció hasta sus cimientos. Al instante se abrieron todas las puertas y a
los presos se les soltaron las cadenas” (Hechos 16:26 NVI). ¿Puede haber
una suma de infortunios tan grande que termine bien? Todo se produjo por
hacer el bien, es decir, por salvar a una endemoniada y por predicar. Sin
embargo, se sabían acompañados por Dios y en la cárcel cantaron himnos y los
otros presos los escucharon.
Desde el punto de vista humano, el terremoto fue otra desgracia más que aumentaría lo malo que pasaba. Pero por lo ocurrido después, ese terremoto fue usado por Dios. El sismo se sintió en toda la ciudad. La cárcel entera se sacudió hasta sus cimientos. Esto provocó que se abrieran todas las puertas, debido al gran temblor estructural. Las cadenas se soltaron por el mismo motivo y los presos quedaron libres. El sobresalto del terremoto despertó al carcelero que sacó su espada y estaba a punto de suicidarse porque pensaba que todos los presos habían huido y él recibiría un castigo por eso. Pablo le gritó que no se dañara porque ellos seguían allí. La desgracia favoreció la mayor de las predicaciones. Al ver su integridad y valor, el carcelero les pregunta que hacer para ser salvo. “Cree en el Señor Jesús; así tú y tu familia serán salvos, le contestaron. Luego les expusieron la palabra de Dios a él y a todos los demás que estaban en su casa” (vs. 31, 32). En medio de su propio sufrimiento, Pablo pensó en la desesperación del carcelero y su situación personal. Necesitaba a Cristo y el apóstol se lo presentó. “El carcelero los llevó a su casa, les sirvió comida y se alegró mucho junto con toda su familia por haber creído en Dios” (v. 34). Al día siguiente, el magistrado de la ciudad ordenó su liberación. ¿Quién podría haber pensado que un terremoto tan terrible, terminara en una conversión tan eficaz y una liberación tan rápida? El Espíritu Santo había actuado. Muchas veces necesitamos que se sacudan los cimientos y se caigan los muros que nos contienen para ser usados por Dios de una manera que no habíamos imaginado, o para ser útiles a alguna persona que de otro modo no hubiéramos alcanzado o simplemente para demostrar el poder de Dios.
Angel Magnífico

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