¿POR QUÉ LOS CRISTIANOS NO ENCAJAMOS EN EL MUNDO?


 

Es fácil reconocer la banalidad de nuestro mundo y su permanente consumismo materialista; su insistencia en lo placentero o lo alejado de Dios. Sin embargo, nos sigue atrayendo y pensamos que lo necesitamos como todos los demás. Dios nos escogió y nos presentó a Cristo como nuestro salvador. A partir de esa justificación gratuita e inmerecida, nos acompaña diariamente para santificarnos y prepararnos para un mundo perfecto sin pecado. Jesús nos enseñó que su reino no era de este mundo (Juan 18:36). Aclaró que ni él ni sus discípulos tampoco eran de este mundo (Juan 17:16) y oró a Dios para que nosotros tampoco lo seamos: “no te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno” (Juan 17:15). Estamos en el mundo, pero no somos del mundo. 1 Juan 2:15-17 dice: “No amen al mundo ni nada de lo que hay en él. Si alguien ama al mundo, no tiene el amor del Padre. Porque nada de lo que hay en el mundo —los malos deseos del cuerpo, la codicia de los ojos y la arrogancia de la vida— proviene del Padre, sino del mundo. El mundo se acaba con sus malos deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”. ¿Por qué si Dios nos ha colocado en este mundo creado por él mismo, nos pide que no lo amemos? ¿Cómo puede permitir que estemos en el mundo y decirnos al mismo tiempo que no seamos del mundo?  Lo hace porque “nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, para que entendamos lo que por su gracia él nos ha concedido” (1 Corintios 2:12 NVI).

Esperar algo bueno de la corrupción del pecado sería esperar algo ilógico e irreal. Los cristianos mantenemos contacto con el mundo de pecado para aprender que nada bueno saldrá de allí. Aceptamos a Cristo como nuestro Salvador y Redentor y ahora nos prepara para su reino.  Debemos vivir aquí, preparándonos para el más allá. Esto implica aprender que no todos los lugares donde estamos, vivimos, trabajamos e incluso encajamos bien, serán lugares apropiados para pertenecer. Solo estamos de paso, no para quedarnos. Comprender esto lo antes posible, nos evitará sufrimientos de diversos tipos. ¿Qué sigue teniendo el mundo que nos atrae? Tiene pecado y nosotros somos pecadores. El espíritu mundano es opuesto al espíritu de Dios; busca lo temporal y Dios quiere darnos la eternidad; nos ofrece muchas cosas para disfrutar sensorialmente y Dios nos ofrece a su Hijo para salvarnos espiritualmente. No encajamos en este mundo porque se alejó de lo que Dios había planificado para él y nosotros que lo sabemos, no podemos seguir ese camino. Y como desea que no volvamos a caer por elegir el mal, nos permite ver los estragos que éste hace en el mundo. Así no quedará duda acerca de sus intenciones para con nosotros: moldearnos a su imagen y no a la del mundo. Cuando lo entendemos reconocemos la gracia que nos ha concedido: rescatarnos del mal y ofrecernos la vida eterna que es el bien supremo que nada ni nadie más puede darnos. No está mal tener aspiraciones ni desear comodidades o una vida mejor, mientras mantengamos a Dios en el primer y exclusivo lugar de nuestras vidas. El mundo no es nuestro hogar, esto es solo una escuela de vida. El reino de Dios es nuestro hogar definitivo; todo lo demás se organizará en función de su voluntad (Mateo 6:19-21). Su amor es lo mejor.                        

                                                                                                Angel Magnífico

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