¿QUIÉN PUEDE SACAR PUREZA DE LO IMPURO?
El Salmo 51 es el ejemplo de un salmo penitencial por excelencia (se llamaba así en la antigüedad a los salmos en los que se pedía perdón a Dios y al mismo tiempo, se suplicaba su piedad). Fue escrito por David que había sido elegido por Dios como rey de su pueblo en reemplazo de Saúl. Aprovechándose de su situación de privilegio como rey, tiene relaciones con Betsabé, que era una mujer casada y a cuyo esposo, manda a matar para quedarse con ella. Fue amonestado por el profeta Natán (2 Samuel 12:1-15). Entonces, genuinamente arrepentido, le dice a Dios: “Ten compasión de mí, oh, Dios, conforme a tu gran amor; conforme a tu inmensa bondad, borra mis transgresiones… Crea en mí, oh, Dios, un corazón limpio, y renueva la firmeza de mi espíritu” (Salmos 51:1, 10 NVI).
Este Salmo es conocido con el nombre de “Miserere” (del
latín “misereo”, que significa “tener compasión”) porque es la primera palabra del
salmo en la traducción latina. La misericordia o compasión divina es mucho
más que el perdón humano, porque Dios no solo perdona, sino que regenera y da
nueva vida; nadie puede ser y actuar así, solo Dios. David ora por el
perdón al analizar su condición de pecador y su situación por haber pecado; sabe
que no solo somos pecadores, sino que también tenemos pecados que practicamos y
le pide a Dios que borre todo lo malo que es y que hizo, en función de su gran
amor y bondad. Diariamente nos enfrentamos a tentaciones, problemas, pruebas y
sufrimientos que nos colocan en una situación indeseable. Sin
embargo, podemos acudir a él porque Dios es piadoso por
naturaleza. No necesita ser convencido o cambiado por nosotros para saber qué
hacer. Nosotros necesitamos ser cambiados por él para resistir las injusticias
de la vida, las pruebas que nos parecen insoportables, los problemas sin
solución o el sufrimiento inexplicable. Dios ya sabe de ellos. Nosotros somos
los que, en muchas oportunidades, dudamos y no sabemos cómo seguir adelante.
El ejemplo de David nos puede ser útil. Suplica el perdón divino (vs. 3-9) porque reconoce que todo pecado es principalmente un pecado contra Dios ya que ofendemos su santidad. El salmista reconoce su pecado y la impecabilidad del juicio de Dios (v. 6) porque siempre nos ofrece la buena noticia de su perdón. Por esto, le suplica su renovación espiritual (vs. 10-17) que solo él puede dar. Finalmente, cuando Dios le restaura el corazón o mente, le ofrece una nueva adoración (vs.18-21). Dios nunca será injusto; siempre será amoroso. Igual que David, nos podemos declarar culpables sin ninguna reserva. Cuando invocamos su presencia con su misericordia, Dios sabe cómo actuar y manejar la situación. Sabe que lo que necesitamos es una renovación espiritual que nos haga nuevas personas y que así, podamos presentarnos delante suyo otra vez. Para lograrlo el v. 10 nos da una clave para tener en cuenta en nuestras oraciones diarias: “Crea en mí, oh, Dios, un corazón limpio, y renueva la firmeza de mi espíritu”. Dios puede darnos una mentalidad nueva que busque hacer su voluntad y no la nuestra. Solo Dios puede transformar a un pecador en un cristiano, es decir, un creyente que imite a Cristo. El Espíritu Santo nos dará la firmeza para entregarnos de esa manera a su influencia. Martín Lutero (padre de la reforma protestante del siglo XVI), predicando acerca de este salmo dijo con esperanza: “Toda la Escritura indica que Dios nos encomienda su bondad y en su Hijo, restaura a la justicia y a la vida, la naturaleza que se ha caído en el pecado y la condenación”.
Angel Magnífico

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